Por María Ferrer
Cierras la puerta al entrar y abres los ojos. Por fin existes. Inicias tu ritual cotidiano con el que vas recuperando poco a poco tu cuota de vida: colgar llaves, encender luces, abrir ventanas, colgar tu traje de faena y vestirte de ti misma, ir reconociéndote paulatinamente en el espejo a medida que recuperas tu identidad, la tuya, no la que se te ordena tener durante 10 horas diarias.