- ¡Aaayyy!
- ¿Te duele mucho?
Mi amorcín había dejado de engullir pasta, sobresaltado por mi quejido, y me miraba sin dejar de masticar. Le brillaba la barbilla. La salsa estaba pringosilla, como a el le gusta, y un pedazo de spaghetti colgaba de la comisura de sus labios, ¡Dios mío, que ciego es el amor!