Había olvidado el placer, pero aquel día como por arte de magia, una oleada de fresca pasión se presentó mirándome a los ojos.
Apareció moreno y de ojos grandes. Sólo con su mirada parecía adivinar lo que yo quería escuchar en cada momento.
Sus palabras llegaban a mí penetrándome hasta erizarme el vello de la piel; cada frase pronunciada era música que curaba cada una de mis heridas elevándome al cielo con la seguridad de una diosa.
Cuando comenzó el baile nos dejamos llevar; y danzando se acercaron nuestros cuerpos. Entonces él me agarró las nalgas y me dió un beso lento y profundo. Un beso que me removió el sentimiento y las ansias dormidas.
Sentí mi vulva húmeda.
Apreté mi sexo contra el del hombre y noté su miembro duro e impaciente. Entonces...
¡Joder! sonó el despertador.