Piel de manzana
Por Ernesto Ortega.
Llevaba una camiseta de tirantes que dejaba ver una manzana roja tatuada en el hombro izquierdo. Hacía juego con sus labios.
Señalé el tatuaje y simplemente dije: "Es mi fruta preferida". Se rio. Me contó que en algún lugar crecía un árbol cuyas manzanas eran mágicas y que los hombres que las probaban quedaban enamorados para siempre de la mujer que se las ofrecía. Me reí. Nos acercamos a la barra para charlar.
Al rato nos dimos cuenta de que, sin habernos dado cuenta, habíamos comenzado a besarnos, y salimos a la calle a bailar en un jardín de farolas.
Al día siguiente, cuando se despertó, me sorprendió mirándola. Sonrió y se giró para continuar durmiendo, dejando el hombro izquierdo al descubierto. El perfil de la manzana se veía interrumpido por tres pequeñas curvas, como si alguien, al amparo de la oscuridad, se hubiese refrescado con su sabor. Podría jurar que la noche anterior estaba intacta, pero ella me convenció de que el tatuaje ya tenía ese mordisco. No sé si creerla, sólo sé que, desde entonces, todos los días le preparo el desayuno.
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