La dictadura de la palabra
No sabemos exactamente dónde, pero sí que existió una civilización que había desterrado la letra “a” de su vocabulario. Si alguien utilizaba la vocal abierta, podía estar en peligro de ser acusado de utilizar un lenguaje políticamente incorrecto; se había instaurado la dictadura de la palabra.
Las personas que vivían bajo este régimen impositor, conocían el deber pero no el descanso, el esfuerzo sin recompensa, el sexo sin amor, el odio, el miedo... La dictadura de la palabra llegaba hasta tal punto, que no estaba permitido expresarse abiertamente. Lo legal y políticamente correcto era proferir simples sonidos secos, evitando siempre por supuesto la prohibidísima vocal. Así en este pueblo la comunicación, lo que entendemos como buena comunicación, brillaba por su ausencia.
Era de desconocimiento popular cómo habían llegado a esos límites, ni siquiera los libros que divagaban teorías y teoremas podían dar alguna explicación. Pero lo cierto es, que la historia que contamos es la historia de un pueblo triste que no conocía la alegría ni el amor.
Pero la madre naturaleza justa y sabia quiso equilibrar la balanza. Y sucedió como en todas las civilizaciones, que existieron transgresores que se rebelaron contra las normas establecidas. En este caso fueron transgresoras, un grupo mujeres con mucho tiempo cumplido, o viejas, como así eran llamadas antes de la censura. Unas mujeres que huyeron de sus semejantes y se escondieron en pequeñas cuevas para conservar en el más riguroso de los secretos, una lengua rica donde la letra “a” campaba a sus anchas. Guardaron y mimaron con escrupuloso celo un lenguaje donde existía el amor, la generosidad, la admiración y la valentía. Y expresaban, cantaban y recitaban todas las palabras que tenían anuladas, y lo hacían con graciosas y exageradas muecas, exageradísimas, porque ellas no creían en lo que dijo un aburrido de que en el punto medio está la virtud. Para estas ancianas mujeres, en el punto medio lo que se dice en el punto medio, solo estaba la mitad, y decían que para algunas cosas esenciales de la vida, había que descentrarse.
Pero no crean por ello que olvidaban su tarea; al contrario cada vez tenían más fuerza y convicción. Y todas, todas, todas las noches de luna llena, en algún claro de la montaña, se reunían para hablar y debatir sobre qué hacer con palabras como la guerra, la frustración o la arrogancia. Y tras largos, larguísimos y enfadadísimos debates, llegaron a la conclusión de que el amor y la comunicación, eran capaces de derrocar un régimen obsoleto basado en la vergüenza de muchas y el poder de unos pocos. Decidieron dejar la prudencia a un lado y salieron a la calle a compartir sus oportunas deducciones.
Todavía hoy, las personas más jóvenes honran la memoria de aquellas mujeres valientes.
Aún así, tuvo que pasar mucho tiempo hasta que ese gobierno acomodado, permitiera a sus habitantes expresarse abiertamente y utilizar la letra “a” de la palabra libertad.
- Virginia Fuentes's blog
- Inicie sesión o regístrese para enviar comentarios

