El día más feliz de mi vida.

- ¡Aaayyy!

- ¿Te duele mucho?

Mi amorcín había dejado de engullir pasta, sobresaltado por mi quejido, y me miraba sin dejar de masticar. Le brillaba la barbilla. La salsa estaba pringosilla, como a el le gusta, y un pedazo de spaghetti colgaba de la comisura de sus labios, ¡Dios mío, que ciego es el amor!

Me estaba poniendo de parto, mi primer parto, y sí, me dolía mucho; pero según comprobé al día siguiente, me iba a doler mucho más.

Como la pregunta se contestaba sola le hice un gesto con la mano y siguió a lo suyo, de forma metódica, hasta acabar con el último spaghetti.

Hasta el postre, su postre, no me dio el segundo pinchazo.

- Aviso a mi madre y nos vamos al hospital.

- ¡NO!

El tono de mi voz y esa mirada que tan bien conocía convencieron a mi amorcín de que era mejor terminar el postre y no avisar a su madre.

Nos acostamos pronto, por lo que pudiera pasar. Y lo que pasó fue la peor noche que recuerdo.
Por suerte, mi pareja no se separó de mí en toda la noche, y sus suaves ronquidos me hicieron muchísima compañía.

Cuando vi el primer rayo de sol le di un codazo. Sin contemplaciones.

Debo decir en su favor que no rechistó. Saltó de la cama y en diez minutos estaba preparado con mi neceser junto a la puerta.

Le dije que se sentara que yo iba más despacio.

Llegamos al Materno rápidamente. Era un domingo de agosto recién amanecido y apenas había tráfico.

Nos separaron. El padre de mi bebé esperó un rato fuera mientras me preparaban.

Cuando nos encontramos en la habitación, yo tenía el gotero, el monitor y un depilado gratis, el ya había desayunado y se puso a leer el periódico mientras esperábamos.

Sobre las doce del mediodía la matrona dijo sí y nos fuimos al quirófano.

Como era el primero pagué la novatada y no me puse la epidural; pero de lo que menos me acuerdo es del dolor.

Nunca podré olvidar la cara de la matrona cuando el bebé empezaba a salir y mi marido del alma, al ver la sangre, empezó a vomitar: churros con chocolate.

Eso sí, cuando subimos a la habitación, me encontré el ramo de rosas más grande que he visto nunca.

Cómo consiguió ese ramo un domingo de agosto por la mañana no tengo ni idea. Conociéndolo, prefiero no preguntárselo.

Por cierto, tuve una niña.