Con los sonidos ávidos
de ser escuchados,
que se cuelan por mi ventana
socavando sin quererlo
la serenidad de mi alma,
me dejo llevar a través
del tedioso vacío
sin siquiera pretender
no caer dormido
o exhalar de mi boca,
pesada y espesa,
un leve murmullo, un quejido,
esperando el calor
de tu boca prestado
por el tacto áspero
de un beso quebrado.
Manuel J. Estévez